La hija de Jacob: O cómo dejé de preocuparme y comencé a escribir una novela

En el primero de una serie de artículos, vemos el inicio del proceso de escritura y cómo a veces hay que lanzarse.

Dar el salto aterra.

Ya sea un salto literal o figurado, el decidir lanzarse a un nuevo proyecto (si eres como yo) necesita una serie de preparaciones previas para asegurarte de que ese proyecto sale bien.

(Aunque, seamos sinceros, en muchos casos no sale bien, por mucho que te asegures)

En mi caso, esas ganas de asegurarme de que todo era perfecto antes de lanzarme a escribir habían llegado a un punto casi obsesivo. No lo digo en broma, pero tengo cuadernos de notas con listas de precios del SXVI en Inglaterra y sus equivalencias modernas.

Es cómo si no me sintiera capaz de enfrentarme a un proyecto si no tenía todo asegurado al milímetro. E incluso cuando parecía tenerlo asegurado, tenía que asegurar un poco más.

Pero siempre llega un momento en el que tienes que lanzarte, pase lo que pase.

Ese momento llegó para mí cuando comencé a escribir La hija de Jacob.

Tenía una idea, sí, una que había cocido y recocido en mi mente. Quería escribir algo sobre los Vikingos en España. Que hubiera también una historia de amor (me gustan, ¿qué pasa?) pero que hubiera también algo más. Al fin y al cabo, aunque nos encontremos en la llamada Edad Oscura de Europa, realmente se sabe que pasaron muchas cosas bastante interesantes, desde las invasiones vikingas, hasta el esplendor de culturas como la bizantina o la omeya.

Así que esta vez decidí dejar de ser tan obsesiva y me puse a escribir sin trazar un plan milimétrico. Todo comenzaba a salir, a ponerse en su sitio, y así sigue. Si tengo alguna duda, consulto, ya sea Internet o mis libros. Pero no vivo esclava de que todo sea perfecto.

George RR Martin, el autor de Canción de Hielo y Fuego, tiene una curiosa explicación sobre ésto. Según él, existen dos tipos de escritores, los arquitectos y los jardineros. Los arquitectos lo tienen que tener todo planificado al milímetro antes de ponerse a escribir, mientras que los jardineros simplemente se ponen a escribir, y dejan que su creación crezca hasta donde tiene que crecer.

Definitivamente, yo me encuentro en la primera categoría, pero estoy intentando quedarme con lo mejor de ambos mundos y ser un poquito más jardinera.

Por eso para mí La hija de Jacob está resultando un viaje. No sólo el viaje que estoy siguiendo con Jimena, Eirik, Juan, y Freydis (y con los lectores de la novela), sino un viaje de descubrimiento propio. De ver hasta dónde puedo llegar por mí misma.

De lanzarme a ese salto que he reconocido al principio que me aterra.

Y, sobretodo, de hacerlo sin red.

Mientras tanto, por cierto, aquí tenéis el trailer del libro:

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