Mis versiones favoritas de mis personajes de Shakespeare favoritos: Enrique V

Branagh en un fotograma de la película (IMDB)

Una visión sobre el personaje que vino justo en el momento que la necesita nos sirve para empezar esta nueva serie de artículos.

 

Como tod@ friki de Shakespeare que se precie, tengo mis personajes favoritos. Más allá, si cabe, tengo mis versiones favoritas de mis personajes favoritos. Puede que me gusten porque se parecen a la visión que tengo de cómo el personaje debería ser interpretado (con sus más y sus menos) o han influido de una forma brutal en la manera en la que veo al personaje.

Ésta tiene el honor de ser mi favorita entre las favoritas por una razón muy especial: me llegó justo en el momento que la necesitaba, y me dió un mensaje muy importante.
Mis años de adolescencia no fueron precisamente sencillos. A pesar de haber sido muy privilegiada en algunos aspectos, en otros la cosa no fue tan bien. Había estado sufriendo bullying durante alguños años y mis notas pegaron una caída tremenda (irónicamente, porque la razón por la que sufría bullying era porque era una empollona y el supuesto ojito derecho de los profes), y si no cuidaba de ello, podría quedarme en el instituto toda mi vida. Lo cual en perspectiva da mucha cosa, pero en esos momentos sentía que me había dado por vencida. Aguantaría la imagen que el resto tuviera de mí (ya fuera de ojito derecho del profe o de vaga desastrosa), mientras era un completo desastre y simplemente existía.

Lo único que más o menos me gustaba era aprender inglés, y por aquella época ya estaba empezando mi obsesión con Shakespeare.

Uno de esos días, mi madre me trajo un dvd que había encontrado con descuento. Porque sabía que me gustaban las obras de Shakespeare. Era el Enrique V de Kenneth Branagh.

No había leído la obra, pero pensé ¿por qué no? y puse el dvd.

Y me enganchó desde el principio. Todo por una Razón Muy Importante: Nunca me había identificado tanto con un personaje como lo hice con el Enrique de Branagh.

Lo sé, una adolescente sintiendose identificada con la representación ficticia de un rey de Inglaterra es algo un poco raro, pero os prometo que tiene sentido. (O por lo menos para mí lo tiene)

Y mucho de ello tiene que ver con la forma en que otros nos ven y nosotros nos vemos a nosotros mismos, pero también nuestras batallas interiores para desarrollar nuestro verdadero potencial.

Aunque se dice que ha habido un cambio en Enrique tras la muerte de su padre, las reputaciones (en este caso la de Hal como un joven que le gustaba la fiesta y no le interesaba la política) son algo de lo que es difícil librarse, y ni los amigos, ni los enemigos han olvidado el pasado de Enrique, usándolo a su favor o para insultarle. Está el intento de los obispos que creen que pueden convencerle de ir a la guerra con Francia para que no pase una ley que afecte a la Iglesia (algo que Enrique medita mucho a pesar de la insistencia de éstos), y el insulto del Delfín francés con las pelotas de tenis.

Y la guerra acaba llegando. Pero no sólo la guerra contra los franceses, si no la guerra que Henry tiene que batallara para ver de una vez por todas quién es de verdad. Y para ello, uno tiene que hacer sacrificios. En el caso de Enrique, es decir adiós a todo y a todos los que le convirtieron en el Príncipe Hal.

Personalmente, encuentro todas esas escenas, especialmente las que comparte con Falstaff (traídas de fragmentos de Enrique IV, si no recuerdo mal), bastante brutales. Pero son necesarias para Enrique. Al fin y al cabo, incómoda está la cabeza que lleva una corona, y si nos escondemos en el pasado, podemos no llevar nuestras coronas o conquistar nuestra Francia de la manera en la que estamos destinados a hacerlo.

Pero incluso con esos sacrificios y soportando el peso de ellos, el Enrique de Branagh se convierte en una inspiración para sus hombres, aunque esté tan “acojonado” como ellos de los franceses que les superan en número. La versión de Branagh del discurso del Día de San Crispín se ha convertido para mí en un mantra en los tiempos difíciles, porque es tan positivo y tan inspirador que me hace sentir que puedo con todo lo que la vida me echa encima.

He ahí el tema, no seré un  rey de la Inglaterra medieval en la conquista de un reino extranjero pero, como Enrique, tengo mis propias batallas. Batallas que tengo que pelear y que, con suerte, me enseñarán que yo también puedo liderar mi propio destino y, quizás, algún vencer mi propio Agincourt.

De momento, sé que estoy lejos de ello, y que el camino es lago. Pero si Enrique no se rindió, yo tampoco lo haré.

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